Cuando el hoy rey de Inglaterra, Eduardo VII, era príncipe de Gales, hizo, muy joven aun, el viaje mas bello de que se tiene noticias. Visitó todos los dominios del floreciente imperio colonial británico y fue recibido en todas partes con un entusiasmo y una magnificencia extraordinarios.
Los rajahs salían a recibirle montados en elefantes blancos, sobre trenes de marfil, resplandecientes de piedras preciosas, y le hacían presenten aladinescos. Las ciudades se engalanaban de sedas, desfilaban ante el príncipe cortejos históricos en filas interminables de paquidermos, y se efectuaban ante el maravillosas danzas sagradas.
Eduardo VII escribió el relato de este viaje en edición por cierto muy difícil de encontrarse hoy, y por ende valiosísima para los bibliómanos, y que entre otras cosas peregrinas refiere la siguiente:
En Bombay en el palacio de la residencia, llevaron al rey un fakir que era el mas renombrado en la India por lo que de el se refería.
Ni de Simón el Mago se contaron jamás tantos milagros como de este indio extraordinario.
Congregáronse el príncipe y un inmenso cortejo en el salón de honor del palacio, y el fakir se presentó desnudo, sin mas que una banda de lienzo enredada en la cintura y llevando en la diestra un saco, una piedra y un bramante, y en la siniestra a un rapazuelo como de ocho años.
Saludo a Su Alteza con una ágil y elegante reverencia, paseo luego su mirada de obsidiana sobre todos los concurrentes, entre altivo y curioso, y enseguida ató la piedra a uno de los extremos del bramante y la lanzó hacia la cúpula del gran salón. La piedra quedó fija a cierta altura, en el vacío, pendiendo de ella el bramante.
Hecho este primer milagro, el fakir alzó al niño en vilo e hizo que este se asiese de la cuerda. El niño empezó a subir hasta que desapareció en la lejanía de la cúpula, tornando a aparecer tras de algunos segundos y descendiendo por la misma cuerda con símica ligereza, hasta llegar al suelo como si tal cosa.
Tomo el fakir al niño e introdújolo en el saco. Cerró este, lo ligó con la cuerda y retirando de la banda que le ceñía los flancos un puñal, empezó a apuñalar el saco en todos sentidos...
El niño se revolvía, aullaba desesperado, y por los poros del costal brotaba abundante la sangre.
Los numerosos espectadores lanzaron un grito de horror y el fakir, sonriendo, abrió el saco y extrajo al niño... bueno y sano y tranquilo....
El príncipe de Gales, queriendo conservar recuerdos gráficos de todo lo que veía, hacíase acompañar siempre por un excelente fotógrafo, el cual esta vez, como de ordinario, había tomado algunas negativas de los principales actos ejecutados por el fakir. Al día siguiente, al revelar las placas, aparecía en todas, absolutamente en todas, el fakir en medio del salón... sin niño, sin saco, sin puñal, sin bramante y sin piedra. Inmóvil, rígido, clavando siempre en los espectadores las flechas de obsidiana de sus ojos....
La sugestión había hecho lo demás...
AMADO NERVO
La Conciencia libre. Revista semanal.
Organo del libre pensamiento internacional.
Segunda epoca. Año II, Nº 41, 29 Septiembre 1906





